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Mi Esquina Socrática

La mejor hora de Guatemala
Fecha de Publicación: 02/10/2018
Tema: Construir el Estado
El Presidente Jimmy Morales restauró hace menos de tres semana el honor de Guatemala en el pleno de las Naciones Unidas, mancillado a instancias de sus peores hijos.

Algo que no dijo en su breve pero magnífica presentación ante las Naciones Unidas y que yo me permito recordar a todos desde aquí es que esa reciente desgracia nacional llamada CICIG tan degradante, y sufrida por todos los buenos guatemaltecos desde 2007, es que tal tragedia infamante era fácilmente de esperar al momento de la suscripción del acuerdo. Esperar otro resultado fue una ilusión infantil.

Realmente, para mí algo del todo inconcebible.

La soberanía nacional constituye de hecho un escudo colectivo de valor inapreciable para todos y cada uno de quienes vivimos en esta bellísima tierra.

El fenómeno de la soberanía nacional ahora tan poco apreciado por quienes se creen ser mejores entendedores de la actualidad internacional se inició a partir de la segunda década del siglo XIII y desde la Francia del maquiavélico Felipe Augusto IV.

Dos siglos después, Francisco I logró, por la pluma de Bodin, consolidar esa soberanía que empezó a proyectar a toda la Europa absolutista de entonces en contra del tradicionalmente férreo yugo uniformador de la Iglesia Católica medieval.

El posterior surgimiento de los ideales democráticos en la Inglaterra soberana de John Locke y de los republicanos en la Francia no menos soberana de Voltaire hubo de ser heredado también hasta por nuestra América independentista con las figuras de Bolívar y San Martín.

Y de esa manera por otros dos siglos el ideal de la soberanía de todo Estado nacional vino a hacerse aceleradamente regla universal tras la victoria de los aliados en la Primera Guerra Mundial. El proceso subsiguiente de descolonización generalizada desde la Segunda pareció haber cimentado universalmente el respeto por todos a la soberanía de cada pueblo organizado en Estado.

Pero lamentablemente no para esta nueva Guatemala incubada bajo Vinicio Cerezo hasta el presente. Pues desde 1986 Guatemala se volvió irresponsablemente un Estado pordiosero, donde se ha hecho total realidad el vaticinio inteligente de Juan José Arévalo a fines de la década de los cuarenta: “si acepto ayuda económica del extranjero, con una mano embolso esa ayuda y con la otra entrego nuestra soberanía”.

Algunos embajadores (el del Canadá me lo reiteró personalmente hace pocos años) ahora afirman que la defensa de esa soberanía tan costosamente lograda tras milenios de lágrimas y de mucha sangre es cosa del pasado, sobretodo de aquel siglo XIX tan teñido de colonialismos europeos, pero que hoy ya no es un problema serio, cuando las Naciones Unidas se han erigido en una sociedad de iguales.

Falso de toda falsedad.

El poder siempre tiende a corromper, y así, hoy únicamente los cinco más poderosos entre los ciento noventa y cuatro miembros en teoría soberanos gozan del privilegio soberano del veto hacia todo lo que les pueda afectar. Y de esa manera los Estados Unidos y la Unión Soviética pudieron dictar desde allí alternativamente y durante medio siglo la agenda mundial a seguir por todos, mantos imperiales que hoy la China Popular y los Estados Unidos de nuevo se disputan con crudeza creciente. De hecho, todos los demás nos hemos vuelto a ser, otra vez, meras comparsas.

Así se explica que un portugués ramplón y vanidoso le pudiera decir hace unas semanas a todo un Presidente guatemalteco electo por la gran mayoría de sus conciudadanos que solo le concedía graciosamente diez minutos para oír sus quejas respecto a la CICIG. Por supuesto, tan grosero y engreído patán burocrático ha sido elocuentemente por algún tiempo Secretario General de la Internacional Socialista, es decir, de la corriente más autoritaria de la izquierda organizada que todavía sobrevive, con la adoración usual por parte de Edgar Gutiérrez, Eduardo Stein, Helen Mack, Todd Robinson y otros ejemplares del atraso local.

Todo esto, además, en oposición al viejo y sapientísimo adagio de que “el gobierno más cercano al pueblo es el mejor”.

A manera de evidencia histórica me permito recordar aquí a mis lectores aquel episodio fundante de nuestro entero Occidente del siglo V antes de Cristo de las magníficas y resonantes victorias de las polis griegas en Maratón y Salamina, pobres y desunidas entre sí pero políticamente soberanas, y por tanto constituidas por ciudadanos conscientes, es decir, por hombres libres y autónomos para todo lo que les concernía en derechos y obligaciones, frente a aquel vasto Imperio autocrático, opulento, monolítico y tan estable, de los persas.

Aquella experiencia helénica, duplicada más tarde por las tribus germánicas sobre Roma, las hordas mongólicas y los raudos vikingos, además de las experiencias vividas por las ciudades-Estado italianas del Renacimiento, preparó el camino para que al término de la Segunda Guerra Mundial se reconociera por todos el respeto a la respectiva soberanía de cada cual por medio de la creación de la Organización de las Naciones Unidas en 1945 en San Francisco de California.

Una organización que hipotéticamente abraza a todos los Estados soberanos por igual y que pondría fin así a todas las guerras.

Ilusos ilustres, entre ellos Dag Hammarskjöld, su segundo Secretario General, alimentaron en todos nosotros esa ilusión de aquel entonces.

Pero la realidad humana se impuso de nuevo en la persona de José Stalin y de sus seguidores en el poder absoluto hasta la caída del muro de Berlín en 1989.

Desde entonces, de nuevo muy de lamentar, ciertas fuerzas ocultas y degradantes propugnan por un regreso a una voz única, la de un “Gran Hermano” mundial, como lo vaticinara George Orwell a fines de la década de los cuarenta del siglo pasado en su magnífico ensayo “1984”.

Esta predilección cada vez más acentuada por subordinar nuestras respectivas soberanías nacionales a un ente supranacional, digamos la UMA islámica o la ONU supuestamente igualitaria, se empeñan en realidad en consolidar los poderes hegemónicos de algunos pocos sobre los más. Por ejemplo, de los del Foro de Sao Paulo o hasta de una monarca subrepticio absoluto de nombre George Soros.

Por eso tampoco no hemos de olvidar que “el precio de la libertad es una eterna vigilancia”.

La victoria por parte de Guatemala sobre tantas tenebrosas tendencias imperialistas lo ha constituido ese último discurso del Presidente Morales ante la ONU. Y por eso lo felicito de todo corazón.

¡Viva para siempre la soberanía de los pueblos, y en primer lugar la del guatemalteco!
 
 
   
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