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Mi Esquina Socrática

Olga Ayau: Una vida al servicio de todos
Fecha de Publicación: 29/07/2021
Tema: Piel adentro
El pasado 15 de julio murió en la paz de Dios la muy distinguida señora Olga García de Ayau a sus noventa años de edad.

Y por este medio me permito transmitir mi más sentido pésame a sus seis hijos, a sus numerosos nietos y bisnietos.

Y también a aquellos muchos otros a los que anónimamente decidió servir.

Nos ha dejado a todos un legado ejemplar, así como también lo había hecho su esposo, el insigne fundador y primer Rector de la Universidad Francisco Marroquín, Manuel F. Ayau Cordón.

Y ambos inspiradores prototípicos de excelentes esposos, de virtuosos ciudadanos, de innovadores geniales, en una palabra, de progenitores muy fecundos para orgullo de Guatemala.

Conocí y traté a esa familia tan apreciada por todos los guatemaltecos hace casi medio siglo. La amistad de ambos con mi esposa y conmigo constituyó un tesoro del que siempre nos acordaremos agradecidos.

La señora Olga García de Ayau fue una dama extraordinaria en múltiples sentidos, como me la describió en alguna ocasión su hija, la madre Inés, fundadora y aún Superiora del Monasterio Ortodoxo de la Santísima Trinidad en Amatitlán.

Por cierto esta descendiente del matrimonio Ayau-García podemos reconocerla fácilmente como el espíritu misionero y abridor de nuevos horizontes tan característico de sus padres.

La familia Ayau, de muy remota ascendencia francesa, ha sido para todos nosotros aquí en Centroamérica pionera en muchos sentidos: don Manuel en las áreas académicas y de mercados libres y doña Olga como ejemplo duradero de la esposa ideal y de la madre sin mácula y muy caritativa.

A pesar de todo ello, la vida nunca les fue fácil y así pudieron constituirse en una pareja empresarial e intelectual para el entero y sufrido mundo iberoamericano.

Fue el de ellos un matrimonio de personajes gigantescos por sus respectivas independencias de criterios, su generosa disposición a siempre ayudar y, sobre todo, por su fomento constante de la libertad individual y de las responsabilidades que inevitablemente siempre la acompañan.

Aquí y ahora quiero concentrarme con exclusividad en doña Olga, pues la personalidad y la trayectoria de su esposo es de dominio público internacional.

Lo primero que quisiera atestiguar de su persona es su incansable laboriosidad que abarcó desde los deberes que se esperan que cumpla toda madre y abuela cariñosa y a un tiempo éticamente muy exigente consigo misma, así como la dulzura de su carácter para con todos, dentro y fuera del hogar.

Como ama de casa fue incansable porque siempre estuvo muy bien dotada de iniciativas eficientes y elegantes al servicio del hogar y de sus múltiples descendientes y amigos. Destacó en especial en las artes manuales y en sus numerosas iniciativas de carácter urbano y progresista, en una tierra muy fértil e iniciativas para el bien de todos de sus mujeres.

También fue un verdadero talento al servicio prácticamente sin límites de todos los que a ella nos acercamos.

Quiero subrayar su espíritu empresarial que siempre la acompañó en todas sus iniciativas sociales, desde la formación de los hábitos de lectura de sus hijos y demás descendientes hasta el apoyo incesante a las actividades benéficas de todo tipo, empezando por el Instituto de Estudios Interdisciplinarios Rafael Ayau e incluyendo sus traducciones de textos clásicos de liberalismo de sello británico para el Centro Ludwig von Mises en los EE.UU.

Asimismo acompañó a su esposo en múltiples congresos y convenciones de toda índole académica, desde las asambleas periódicas de la Mont Pelerin Society de la que él fue Presidente muy destacado, hasta las no menos arduas asambleas anuales de la misma, y para las que algunas que tuvieron lugar en Guatemala siempre se pudo esperar de ella un generoso hospedaje en su residencia junto a las riberas del lago de Amatitlán.

Y todo siempre lo hizo acompañado de una amable sonrisa y de una etiqueta irreprochable, como conciliadora universal que siempre fue de propios y extraños.

Personalmente, nunca la podré olvidar, así como a las demás personas de su entorno más íntimo. Por eso quiero rendirle un modesto homenaje desde estas páginas.

Descansa en paz, muy querida amiga, en la compañía de quienes fueron tus seres más cercanos. Pues te ganaste a pulso una vida eterna entre los más selectos especímenes de la humanidad de tu tiempo.

Y como me permito tomar del testimonio final del apóstol Pablo, a ella me refiero con sus mismas palabras: “Has peleado la buena batalla, has acabado la carrera, has guardado la fe…” (2 Timoteo 4:7).

Muchísimas gracias por tanto bien que a todos tan honesta y generosamente nos derramaste.