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Mi Esquina Socrática

Por qué importa la soberanía nacional
Fecha de Publicación: 06/04/2016
Tema: Valores
 
Algunos guatemaltecos parecen no darle importancia al tema. Quizás por lo muy abusado que ha sido por charlatanes de todos los colores ideológicos. O por no haber pasado ellos jamás por la dolorosa vivencia de haberse visto reducidos alguna vez a la condición de “apátridas”.
 
O tal vez también porque ya habrán caído en la cuenta de que la aldea en la que vivimos mentalmente encerrados se nos ha vuelto “global”, y no la localista de ayer, y por lo tanto, muy remota a nuestra capacidad de entender. Pero, en cambio, yo me permito considerar esa paulatina y disimulada erosión de la soberanía nacional guatemalteca de la que somos testigos como de trascendental importancia.
 
Porque ser “soberanos” colectivamente entraña una exclusiva responsabilidad individual en cada uno de nosotros, ya sea sobre los propios actos, ya sea de sus consecuencias para uno mismo y para los demás.
 
El concepto de “soberanía” empezó a politizarse marcadamente a principio del siglo XIV en Europa en cuanto resultado del choque de las ambiciones absolutistas de Felipe Augusto IV de Francia en contra de las no menos absolutistas del Papa Bonifacio VIII que le fue contemporáneo, mientras, en contraste, su interpretación tradicional era explícitamente retenida simultáneamente en el ius commune (“Common Law”) de la Europa Medieval, contenida en aquella por demás famosa Magna Charta inglesa hacia el año 1215.
 
El concepto de la “soberanía” se hizo más preciso unos tres siglos después por obra del jurisconsulto francés Jean Bodin, pero restringido a la defensa de los derechos soberanos de los monarcas legítimos de toda la Europa cristiana, muy en primer lugar, de los de su rey Francisco I de Francia, frente a toda otra autoridad última, de la tradición o del Papado.
 
Y así se quedó por otros tres siglos hasta la Revolución Francesa de 1789, cuando los delegados a la Convención Nacional declararon que el verdadero soberano, en toda sociedad políticamente constituida en Nación-Estado, no es el rey (meramente su “primer servidor”) sino el “pueblo”.
 
Esta última interpretación sigue doctrinariamente vigente, aunque con ciertos recortes que se le han hecho desde la Segunda Guerra Mundial, como por ejemplo, para el logro de la Unión Europea en 1956, o reafirmar la jurisdicción de nuevos tribunales internacionales, tal el caso de la recién instaurada Corte Penal Internacional. Esto rige en todas las democracias de Occidente, y aún más allá, por lo menos de palabra, en África y Asia descolonizadas. Esa misma noción, o sea, de que el pueblo es el auténtico soberano, también la había supuesto la Declaración de Independencia de los Estados Unidos (“We the People”…) y la casi simultánea proclamación de los derechos del hombre y del ciudadano de 1789 en el Paris revolucionario.
 
Para tener una idea más clara de lo que en la práctica entraña para cada uno de nosotros ese concepto de la soberanía popular constituida en Nación-Estado, quizás ayude un caso que le fue diametralmente contrario en un pasado no muy lejano.
 
En 1935 el Partido nazi recientemente llegado al poder por la vía democrática, bajo el liderazgo de Adolfo Hitler, promulgó los llamados Estatutos de Núremberg, que incorporó al derecho positivo del Tercer Reich los odios y prejuicios raciales de sus militantes.
 
Los judíos alemanes así, de pronto, dejaron de tener patria, es decir, se tornaron de repente apátridas, sin la protección de un Estado soberano que les defendiera eficazmente sus derechos humanos no menos inalienables que los de los demás ciudadanos.
 
El 9 de noviembre de 1938 despertaron colectivamente a lo que se conoce como “la noche de los vidrios rotos” (“Kristal nacht”) a esa nueva y repentina “realidad” de ser catalogados legalmente como extranjeros en su propio suelo, y aquella noche fueron incendiadas más de ochocientas sinagogas, centenares de judíos asesinados, sus cementerios profanados por la chusma hitlerista, y sus negocios legítimos destruidos, y se aceleró el proceso de confiscación de sus propiedades, todo con el propósito de forzarlos a emigrar.
 
De golpe y porrazo, pues, se hallaron “sin patria”, es decir, sin la protección última de un Estado que se viera obligado legal y moralmente a protegerles sus vidas y sus bienes. Y con la misma lógica, apenas tres años después, decidieron los mismos malhechores en enero de 1942, un destino impensable: la liquidación física de todos ellos (la “Die Endlösungh” ––La solución final). Lo que siguió es por todos conocido.
 
Un precedente muy diverso, pero también muy elocuente, se había dado en la antigüedad clásica, cuando los orgullosos ciudadanos de las polis griegas fueron militarmente sometidos por las legiones romanas durante los tres siglos inmediatamente anteriores al nacimiento de Cristo. Una depresión anímica colectiva barrió con todos los independientes ciudadanos de otrora al verse privados, por primera vez en siglos, de las potestades típicas del ciudadano de un Estado autónomo. De pronto, las decisiones más importantes que estaban acostumbrados a hacer sobre la guerra o la paz, la subida de los impuestos o su rebaja, la justicia penal incluidas las condenas máximas a la muerte o a la peor de todas, el destierro u ostracismo, les fueron retiradas. Y así surgió por primera vez en la filosofía clásica la importantísima pregunta: ¿Y ahora cómo puedo yo lograr en lo personal ser feliz?
 
Monumental pregunta que nunca antes se había formulado. Varias escuelas filosóficas intentaron darle respuesta, y de ellas todavía influyen en nosotros las conocidas como la epicúrea y la estoica, de enorme trascendencia para todos los pueblos de Occidente.
 
¿Terminaremos así, en Guatemala, de tristes y deprimidos gracias, en este momento, a los legionarios al servicio del emperador Barack Obama?
 
Contra el Estado Nacional de Guatemala no menos se ha iniciado un proceso sutil de su efectivo desmantelamiento, pero esta vez, con todo sigilo, para que no caigamos en la cuenta sobre lo que deveras ocurre, de tal manera que terminemos todos apátridas en este suelo, es decir, sin la protección imprescindible del Estado soberano que hoy a medias nos cobija.
 
Esta conjura maquiavélica para despojar insensiblemente a los guatemaltecos de la protección soberana y definitiva de su Estado nacional propio para la defensa de sus derechos más fundamentales corre bajo el lema, también en apariencia inofensivo, de “la corrección política”.
 
¿Y quién la determina? ¿Acaso los guatemaltecos en el ejercicio de su legítimo derecho al voto? No, sino otros poderes políticos que nos son extraños, por ejemplo, desde Washington, o desde Nueva York, o tal vez desde Bruselas, por obra y gracia de otro Leviatán internacional al que conocemos por las siglas de la ONU…
 
Y así todos quienes residimos en este bello suelo somos llevados imperceptiblemente a un exilio que no es de nuestra hechura. (continuará)
 
 
 
 
   
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